La transexualidad en la infancia es un tema delicado, que algunos niños y sus familias deben abordar desde diferentes ámbitos: personal, familiar, social. Un asunto que, al menos, una parte de la sociedad no termina de aceptar, ya que pone en tela de juicio las convenciones sociales sobre las que se ha levantado el mundo en el que vivimos. Pero, frente a lo que algunos piensan, la transexualidad infantil no es ni una moda, ni un acto de rebeldía. Es una realidad que no se puede negar, ni esconder.
Dice la Revista Española de Endocrinología Pediátrica que la contradicción de identidad sexual trans, en la que no coincide el sexo de la persona con el cuerpo biológico que tiene, ha existido siempre. Los avances que se han dado en la sociedad en cuanto a la aceptación de la diversidad y el reconocimiento de derechos de la comunidad LGTBI han permitido que esta realidad adquiera una mayor visibilidad.
No debemos olvidar que no es un terreno firme. En el mundo y en España sigue habiendo transfobia y cogen fuerzan determinadas posiciones que abogan por un retroceso en la integración y un avance de la intolerancia.
El actor y productor de cine porno Nacho Vidal rompió una lanza en pro de la aceptación de esta realidad cuando hace unos años habló de la historia de su hija, una niña de 9 años que nació con el cuerpo de un chico al que llamaban Nacho, pero que se sentía niña y quería que le llamaran Sara. El actor habló con la prensa y llegó a visitar los platós de Telecinco en un programa de máxima audiencia. No para cobrar, como hacen las cerebritis, sino para poner sobre la mesa un tema sobre el que pocas veces se habla.
A Nacho Vidal, la identidad sexual de su hija no le sorprendió. Era algo, que de una manera u otra, ya intuía. Lo que le preocupaba era el rechazo social del que la niña podía ser objeto. Lo que no quería es que su hija sufriera por ser lo que es. Algo que, por otro lado, es completamente natural. Una niña como cualquier otra niña de su edad.
La identidad de género.
En un artículo del blog de la página web de Haya Psicólogos, un gabinete de psicología y psicoterapia de Getafe (Madrid), con más de 15 años de experiencia y que aplican los últimos avances en psicología para tratar los problemas de sus pacientes, dedican un artículo a hablar desde un punto de vista clínico de la transexualidad infantil.
Según ellos, se pueden dar dos tipos de identidad sexual. La cisgénero, en la que existe una correspondencia entre el sexo de la persona y el género que ha recibido al nacer; y la transgénero, en la que el sexo no coincide con el cuerpo.
Esta condición se puede manifestar en cualquier momento de la vida, pero lo más normal es que aparezca en la infancia. El psicólogo Felipe Merino subraya que es habitual que se empiecen a dar las primeras señales de identidad de género desde edades tempranas, incluso con dos años.
Una de las primeras manifestaciones de esta realidad es que el niño o la niña trans rechazan su sexo corporal (el que le viene asignado por el cuerpo) y se identifica con el sexo contrario. Manifiestan su voluntad de pertenecer al sexo opuesto: “soy una niña” o “quiero ser una niña”; juegan con juguetes que se le suelen asignar al otro género (muñecas, carritos de bebé) y quieren tener la imagen propia del sexo con el que se sienten identificados: no quieren que les corten el pelo y son felices cuando se ponen un vestido, no cuando llevan pantalones.
La propia aceptación.
El primer problema ante el que tienen que lidiar estos niños es su propia aceptación. Cuando son muy pequeños no suele existir contradicción. El niño se acepta tal y como es, pero a medida que va creciendo, en especial a partir de los 5 años, empieza a percibir que no hay una correspondencia entre cómo se siente, y el cuerpo que tiene. Se da cuenta de que es un niño encerrado en el cuerpo de una niña o viceversa.
Esto puede crearles trastornos de índole psicológica, acentuados por el rechazo social en la escuela y con los otros niños, debe esconderse para ser aceptados, o por la falta de apoyo cerrado por parte de la familia.
Los desafíos que debe enfrentar siendo tan pequeño pueden derivar en trastornos como la disforia de género. Una sensación de auto-rechazo y baja autoestima que puede generales angustia, llevarles al aislamiento social e incubar problemas de salud mental.
Estos niños puedes albergar un sentimiento de exclusión. Se sienten marginados y excluidos por sus compañeros de colegio e, incluso por la familia, lo que les puede llevar a adoptar conductas de aislamiento social. Manifestación que se puede intensificar en caso de que los niños sufran Bullying.
En algunos casos se aprecian problemas de conducta que pueden desembocar en dificultad para controlar la ira o en autolesiones, así como ciertos cuadros depresivos.
Como es evidente, este no tiene por qué ser el único escenario posible. El niño trans vive una lucha interna que puede coger diferentes caminos. El más sano de todos es la aceptación. Él es como es, y la realidad es múltiple y variada. Esto no significa que este vaya a ser un camino de rosas.
El apoyo de la familia.
La web de la Child Mind Institute subraya que el apoyo cerrado de la familia es clave para el desarrollo del niño transgénero. Es crucial que desde que el niño comienza a expresar sus impresiones, la familia las escuche, no las juzgue y las acepte. En los testimonios de los padres se aprecia que los niños empiezan a verbalizar su identidad sexual desde los 4 o 5 años.
El papel de los padres es de acompañamiento y de defensa de los derechos de sus hijos. Exigiendo el respeto que se merecen. Debido a las contradicciones interiores que sufre el niño trans, este exige un acompañamiento activo por parte de los padres. Quieren que les acompañen a las visitas médicas y a las reuniones en el colegio. Les ayuda a rebajar la ansiedad.
Los padres son de especial ayuda en la integración de sus hijos en la escuela. Deben reunirse con los maestros para informarles del nombre que quiere recibir su hijo, cómo quiere ir vestido al colegio, dónde se siente más cómodo para cambiarse cuando tiene que practicar deporte. Se trata, ante todo, de normalizar la situación en un ambiente que para el niño es fundamental. Ya que es el lugar donde pasa gran parte del día y donde establece relaciones sociales.
La exigencia de un cambio físico, que suele empezar con la terapia hormonal, se aprecia cada vez a edades más tempranas. Las primeras visitas para planificar el cambio de sexo se realizan entre los 8 y 9 años. Esto es así, porque el cuerpo del niño le produce ansiedad. Siente que vive en una mentira y tiene la necesidad de expresarse tal y como es, sin tener que engañar a nadie, ni así mismo.
El cambio de sexo es otro de los caminos donde los niños trans demandan el acompañamiento de sus padres.
El rechazo social.
Este es, probablemente, el escoyo más duro al que se enfrenta el niño trans y su familia. ¿Está la sociedad preparada para aceptar una realidad diversa? Nos ha costado siglos reconocer los derechos de los gais y lesbianas. Verlos como personas normales y corrientes. Aceptar que a un hombre le puede gustar otro hombre y que a una mujer le guste otra mujer. Y aun así, se siguen dando actos de homofobia.
Aunque los padres trabajen activamente la integración del niño en la escuela, es difícil que no se den casos de marginación en el colegio. Los niños reproducen las relaciones e ideas que ven en casa y que perciben en la sociedad y puede llegar a ser bastante crueles.
Los niños trans son un colectivo vulnerable. Comentarios de sus compañeros referidos a su aspecto, o al nombre con el que quieren ser tratados, pueden resultar hirientes para estos niños.
Del mismo modo, otros compañeros pueden ver la integración que promueve el centro como un trato de favor. Que el niño trans se cambie para hacer gimnasia en la enfermería o que se le acepte no ir con el uniforme que le corresponde, lo pueden utilizar otros compañeros como excusa para atacarlo.
Que un maestro se dirija al niño con el nombre con el que le inscribieron en el colegio, antes de que sus padres comunicaran su condición trans, o que determinados documentos como la cartilla de notas o el expediente académico aparezcan con el nombre antiguo, para el niño representa un gesto de marginación que le genera angustia.
Muchos de estos actos no son intencionados. Los padres y el niño también tienen que pelear contra la burocracia y con actitudes que no terminan de aceptar la situación en toda su profundidad. Porque quieras o no, la realidad de los niños trans va a contracorriente con la inercia que impera en la sociedad.
La psicóloga norteamericana, Dra. Woodward expresa que un cambio de colegio, en un momento determinado, puede resultar beneficioso para el niño. Representa para él un comienzo desde cero, dejando atrás los momentos más amargos de su pasado reciente.
En opinión de esta doctora, la mayoría de las escuelas se suelen mostrar solidarias, con una voluntad de colaboración en la integración del niño. Sin embargo, la realidad del día a día suele ser diferente. Para muchos niños trans asistir al colegio representa una experiencia difícil de llevar. “Los padres deben reconocer cuando su hijo no está a salvo en la escuela actual”. Y apostar por un cambio de colegio, lejos del ambiente en el que hasta ahora se ha desenvuelto el niño.
Aunque encontrarán apoyos en su camino, el niño trans y su familia van a tener que lidiar con una realidad adversa.
Un tema tabú.
En el 2022, el periódico El Español publicó un artículo en el que hablaba de contagio social y de “Boom Trans” debido al aumento de la demanda de tratamiento de cambio de sexo entre adolescentes y preadolescentes en los últimos años. En el mismo sentido, el periodista Carlos Herrera, desde su programa de radio en la COPE, opinaba que estábamos asistiendo a un “contagio social terrible” debido a que según él había aumentado un 4.000% el número de adolescentes que querían cambiar de sexo. En algunos foros de opinión y medios de comunicación se intentó transformar este fenómeno en un tema polémico de debate.
Según las opiniones más críticas, la visibilidad de la transexualidad infantil y juvenil es un asunto ideológico, una moda caprichosa y una expresión de libertinaje.
Y es que la transexualidad choca de frente con los paradigmas sobre los que se ha construido la sociedad en la que vivimos. Una sociedad que coge la familia hetero-patriarcal tradicional como piedra angular de la organización social. Donde la sexualidad y la identidad sexual se asocian directamente con la procreación. Tener hijos para que hereden la riqueza de los padres, en caso de que la tengan, o para que trabajen como mano de obra y la generen, para que se la apropien los que la concentran.
Una organización social que parte de patrones fijos y de roles definidos, que no admite la realidad diversa que se escapa del organigrama.
En el caso de la transexualidad no estamos hablando de una posición política, revolucionaria y consciente, que pretende cambiar el mundo. Si no de una realidad biológica que no encaja en los patrones sociales que marcan el orden establecido. Ante la cual hay que atacarla, vilipendiarla o, sencillamente, ignorarla y que no se hable de ella.
Va a ser una lucha dura y prolongada. Individual y colectiva. Pero la posición más lógica es tratar la transexualidad, sobre todo si estamos hablando de niños, como lo que es, algo normal. Una situación que se puede dar.


